lunes, 26 de marzo de 2012

Soy un gigante con pies de barro y quiero que sean de hormigón

Cómo es la mente humana de compleja! como somos de enrevesados, y total, para qué? en qué modo pudo esa confusión, ese mecanismo mental desengrasado ayudar a la evolución de la especie? El modo de suplir las carencias de cada uno que de manera inconscientemente reflexiva va zurciendo los rotos del alma no deja de asombrarme. Cómo arreglar la baja autoestima? siempre he parcheado la falta de amor propio intentando ser la mejor en todo, en lugar de quererme y aceptarme. He sido siempre muy dura conmigo intentando que todos los aspectos de mi vida funcionaran al 100%. Pero ahora que algo falla, caigo. Y es que ese algo que falla, no está a mi alcance arreglarlo y me puede la impotencia. Hasta ahora, cuando algo se escapaba de mi control, lo expulsaba de mi vida, como es mi relación con las de mi género o mi dificultad con las matemáticas que no me permitió estudiar una carrera que me gustaba. Pero ahora que sé que lo que va mal, no es mi culpa, me cuesta tanto no caer en el victimismo!

Esa es la razón por la que quiero caminar 30 km al día durante 21 días, porque sé que soy fuerte y quiero demostrarmelo. Quiero estar 21 días conmigo misma, quiero superar las agujetas y las ampollas pero sobretodo quiero pensar hasta la náusea y volver a sentirme afortunada de la maravillosa vida que llevo con mi amor y la estupenda familia y amigos que tengo.

jueves, 15 de marzo de 2012

Adolecer

Pubertad, Much (1895)
Caminaba por el sendero que lleva a la estación. Me gustaba sentarme allí, en el apeadero abandonado y ver como la pasiflora se enroscaba en los raíles oxidados. Los días que hacía sol, el olor a brea recalentada de los travesaños alimentaba mi imaginación, haciéndola volar hacia mis años de infancia recientemente abandonada.  Aquel día, pasé frente a un espejo cóncavo, escondido entre las hiedras de la rectoral. Recuerdo que paré frente al poste y miré hacia arriba. Observé la imagen que escupía el espejo, mi reflejo deformado: una gran cabeza, un enorme cuerpo, largos brazos y unas pequeñas y delgadas piernas. Poco difería ese reflejo de la percepción que tenía de mi misma, ya que la pubertad en la que había aterrizado aquel verano, me había dejado un cuerpo desequilibrado y desgarbado, camino de la armonía de la edad adulta, edad que temía, odiaba y rechazaba a partes iguales. Sentí una rebelión interior. Siempre había sido una niña bonita, me lo habían dicho tantas veces que ni me planteaba lo que significaba. No me lo planteé hasta aquel día, el día en que vi que la vida cambia, que las personas cambian y que la belleza y la protección de que disfrutamos en la infancia desaparecen como el humo en el viento.

Aquel dia llegué a casa y me corté el pelo, mi larga melena hizo una alfombra en el suelo del baño. Los largos mechones rubios y rojizos dieron paso a un pelo corto y oscuro, como un chico.

Ahora toda yo hacía juego.

lunes, 30 de enero de 2012

Somnus

Me gusta besar robles
Si entonces supiera lo que ahora sé, me hubiera tumbado bajo el viejo roble que había detrás de casa.
Ese viejo roble bajo el que tantas tardes pasamos. Me hubiera tumbado y fijaría mi vista en sus ramas, sus hojas recortadas de borde sinuoso. La brisa del mar las iría desprendiendo cubriendo mi cuerpo, tapándolo, ocultándolo a cada minuto. Dejaría que la tierra me abrazara y fuera tomando lo que es suyo.
Si entonces supiera lo que ahora sé.

lunes, 26 de diciembre de 2011

No puedo matarlo


Hombre desesperado (Autorretrato) Gustave Courbet (1845)
Puse a secar mi corazón al sol ensartado en un aspa de cañas,
el viento del mar poco a poco curtió el pericardio,
ajando tira a tira la fibra muscular, quebrándola,
pero todo fue inútil, porque seguía latiendo.

Entonces colgado de un gancho de hierro lo ahumé,
y sobre el humo de un laurel he ido tiznándolo,
deshidratando con el fuego la sangre, despojándolo de vida
pero todo fue inútil, porque seguía latiendo.

A golpe de pala lo he enterrado bajo una montaña de sal,
intentando curar el magro cardiaco, apergaminándolo,
inyectando la pócima salina en las arterias
pero todo fue inútil, porque seguía latiendo.

Con un cuchillo de cobre he raspado las venas y los nervios que recubren sus paredes, 
lo he restregado contra las rocas de la playa.
He quemado su grasa con un hierro al rojo y lo he sumergido en orina,para que se pudra. 
Pero el muy jodido sigue latiendo.



jueves, 22 de diciembre de 2011

Huele mal

Rooms by the sea, Hopper (1951)




Una tarde de verano, estaba sentada en la escalinata de la playa de Ber, limpiándome los pies de arena para calzarme e irme a casa. En esto que veo bajar un niño pequeño calzado con sandalias, un flotador en la cintura, unos manguitos, un cubo, una pala, un rastrillo, unas gafas de bucear, un tubo… iba hacia la playa lanzado, corriendo el riesgo de caer y romperse el cuello, porque esas escaleras son muy empinadas y no tienen descansillo. Cuando el crío llega a mi altura, frena en seco, mira hacia arriba y grita con un marcado acento castizo:
-          Mamaaaaaaaaaaaa!!!! Huele mal!!!!
Entonces una mujer que le seguía escaleras abajo, mas cargada aún que el niño le contesta,
-          No huele mal, hijo, es el mar.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Viva el rock!


No teníamos internet, pero comprábamos la Kerrang! y nos llegaba el Bid a casa. Ibámos a las tiendas de discos y a golpe de catálogo pedíamos los vinilos y las cintas, gastando los pocos dineros que teníamos y arriesgándonos a que lo que estábamos pidiendo no nos gustara. Porque con catorce años no me tragaba lo que me echaban, las repeticiones inteminables de música infumable en las emisoras de radio y más tarde la música hortera de los bares horteras. De adolescentes nos dedicábamos a investigar, hablar, descubrir, compartir... Teníamos mucho mérito!
Porqué se empeñan en culpar a internet de la agonía de la música?  la música que agoniza e incluso muere por "culpa" de internet, no es música. La MÚSICA de verdad no muere nunca.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Y no te pude llorar...

Dylan en su Triumph (1964)
...porque me comió la lengua el gato
y me cosió la boca con tergal,
un secreto que lo sigue siendo
aún cuando ya no existes.
Y aquella noche salté sobre tu moto
y rodamos por los caminos
con la imprudencia de la juventud
y el atontamiento del amor.
Pero te fuiste y no te pude llorar,
porque yo no te era nada
solo un secreto que duró demasiado

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Vuelvo y revuelves

Barbette, Man Ray (1926)
La noche  palidece moribunda, abandonando su ciega opacidad. Por las calles avanza el alba, despuntando el día, puntada a puntada, sobre las crestas de los edificios. Es hora de volver. Fue una de esas noches que a su término te da la sensación que pasaron varios días. Vuelves a casa con los ojos emborronados por el rimel (quizás la pena o la risa te han hecho llorar), los zapatos de tacón en una mano, los mechones de pelo invadiendo tu cara y quemándose con el cigarrillo que llevas en la boca. Una de esas noches en que llegas al portal y buscas la llave que a duras penas entra en el cerrojo de la puerta. Escupidendo en el suelo su pálida luz, el ascensor te espera en el rellano, con sus puertas abiertas como una madre amorosa y cálida que te espera despierta. Te miras en el espejo de su interior acercas la cara hasta tocar con tu nariz el feo reflejo que te devuelve. Entonces, en ese momento, recitas en voz baja:
"De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso,  dejar atrás un sótano más negro que mi reputación —y ya es decir— poner visillos blancos..."

jueves, 24 de noviembre de 2011

Mi pesadilla

El sueño de la razón produce monstruos, Goya (1799)
Desde niña tengo este sueño recurrente, esta noche lo he vuelto a sufrir:


"Me quedé observando los dos sepulcros que en otro tiempo fueron del blanco impoluto de la cal. Ahora se encontraban sumergidos en un mar de hiedra verde y musgo. El terreno estaba encharcado unos centímetros y tenía la sensación de estar pisando una esponja húmeda. Tenía los pies mojados y fríos. En esa zona del jardín nunca daba el sol y el ambiente era desolador. A lo lejos oí ladrar al perro. Era un ladrido de alerta que me sugería que era hora de partir. Me abrí paso entre la maleza. Las zarzas me aferraban como para advertirme  que no abandonara un lugar seguro. 
Salí al apeadero del ferrocarril. El edificio abandonado de la estación,  de estilo rural alemán de los años 40 que tanto proliferó en la España franquista, mostraba sus ripias al aire, sus viguetas decoradas bajo el alero y sus guardapolvos sobre las ventanas, semejaba un fantasma de otro tiempo. El desvío que había frente a la arquitectura se encontraba cubierto por un zarcillo de pasiflora, que favorecido por el abandono, había hecho suyo el camino de hierro. Eché a correr por la plataforma de balasto, pero las piedras caían rodando montículo abajo y mis tobillos se torcían una y otra vez, por lo que me coloqué entre las vías y, utilizando las traviesas de roble y como un camino de baldosas amarillas avancé por el hacia el túnel. 

Mi pueblo está atravesado subterráneamente por un túnel de unos 300 metros de largo. Es un lugar al que acudíamos de niños a jugar por el hecho de tenerlo prohibido, ya que no era un lugar ni mucho menos amable. La plataforma de la vía se reducía considerablemente hasta guardar el ancho justo de un ferrocarril. A lo largo de los húmedos muros del túnel había una serie de nichos para resguardarse en caso de que el tren sorprendiera a uno cruzando el subterráneo. 



A las puertas del túnel, bajo el arco del que arrancaba la bóveda, intenté afinar la vista para  distinguir la salida. Allí estaba, una réplica minúscula del arco bajo el que me encontraba. Miré hacia arriba, las dovelas me semejaron unos grandes incisivos a punto de morderme. Siempre me pareció un lugar siniestro. El ladrido del perro se aproximaba, cada vez estaba más cerca. Eché a correr hacia las entrañas de mi pueblo. Los muros empapados de agua reflejaban la luz que procedía del final del túnel y el olor a alquitrán mojado de las traviesas inundó mis pulmones. Goterones golpearon mi cabeza hasta empaparme el pelo. Con la vista fijada al final del túnel, como una meta, como una salvación, pude oír el ladrido del perro magnificado por el eco. Miré hacia atrás de soslayo y vi dos figuras  junto a un enorme can. Corrían como yo, pero les llevaba ventaja. Apuré el paso y salí a la luz. Estaba completamente empapada. 

Me adentré en el bosque de castaños, caí rodando, me levanté y pendiente abajo, me aproximé al mar. El pequeño acantilado en el que moría el bosque iba derrumbándose invierno tras invierno sobre la playa. La marea estaba alta, por lo que iba a tener que nadar un poco hasta llegar a las rocas que me servirían de escondite. Me arrastré terraplén abajo, resbalando por el barro, hasta llegar al agua. Me eché a nadar y las olas me golpearon suavemente contra las rocas. Intenté sujetarme a una de ellas, pero cuando la tenía agarrada, el mar con su fuerza me apartaba de ella. Repetí la operación unas cuantas veces, hasta que al final llegó la ola fuerte y me aupó sobre la piedra que intentaba alcanzar. Tragué mucha agua, y la naúsea no tardó en convertirse en vómito. Tirada sobre la roca vomité, miré mis manos y sangraban, estaban deshechas pero no las sentía. Las metí bajo mis axilas para hacerlas entrar en calor y protegerlas. Estaba temblando y mi cuerpo no me abedecía. Allí sentada oí al perro delator. Miré hacia arriba, y allí vi las dos figuras oscuras como la noche, sin cara, sin manos, sin pies. Dos manchas que me observaban, clavándome sus ojos inexistentes. Me levanté, les di la espalda y con un impulso de superviviencia avancé sobre las rocas, saltando de una a otra hasta perderlos de vista."

martes, 22 de noviembre de 2011

Mi nueva y maravillosa vida





Debo de ser la única persona en este país que se alegra de terminar una relación laboral. Es como si me sacudiera una tonelada de mierda de encima. Joder! hay gente que espero no volver a cruzarmela en la vida!!! Enga, ahora, a otra cosa mariposa. Por cierto, del anuncio de cocacola me quedo con la primera parte. Gracias a TODOS por el apoyo y siento si he ofendido a alguien que lo esté pasando mal por el desempleo.

No vales nada

Aunque en tu pequeño feudo de mierda seas la reina,
en el juego de la vida eres una perdedora, y eso es lo importante.
Nunca estarás sola porque la soledad siempre caminará de tu mano,
a la par, mirándote a los ojos...

viernes, 11 de noviembre de 2011

Alegoría del Bazar Chino

Recuerdo cuando los famosos “todo a cien” tuvieron que compartir nicho con los ahora tan populares “chinos”. Las tiendas asiáticas comenzaron a instalarse en Santiago allá por el año 2003. Recuerdo mi primera visita a uno de estos establecimientos, fue para comprar una llave allen para mi bicicleta y un manojo de pulpos de goma para poder llevar cosas en el portabultos sin necesidad de colgarle las alforjas. Al llegar a casa, me dispuse a ajustar los frenos, introduje la llave en la muesca del tornillo y a la primera vuelta, la cabeza hexagonal de la herramienta quedó totalmente mellada y el tornillo no había girado ni medio grado. Estaba fabricada con una aleación de plástico con plástico, supuse.
Aquel día quería ir a estudiar a la piscina, porque en Santiago en junio hace mucho calor. Con los apuntes de Historia de la Música enrollados en la toalla de playa  y colocados en el portabultos, comencé a amarrar el bulto con uno de los pulpos que acababa de comprar. En un extremo del portabultos enganché el artilugio, tiré fuerte para tensarlo y cuando llevaba una vuelta de ceñido, el gancho se soltó de la goma y como se de un tirachinas se tratara, salió disparado hacia mi cara, rebotando en una de mis cejas. Aquel día decidí no volver a comprar en un chino.
Pero volví, volví a comprar cosas absurdas que no me duraban mas que cinco minutos. Una vez compré una alfombrilla para el ratón con esponja para el túnel carpiano, y, además de provocarme una irritación, la oficina entera estaba mareada por el olor a chapapote que desprendía. Lápices sin mina, rodillos de pintor que dejan pelusas en la pared, medias para gigantas, pintauñas que no salen ni con aguarrás… Pero la compra estrella, sin duda fue un cuchillo que compramos en Lisboa hace unos años. Después de pasar todo el día haciendo turismo, decidimos salir a cenar fuera, pero paramos en un super a comprar algo de fruta para tener en la habitación por si nos venía el hambre. No teníamos con que cortarla así que paramos en un chino a comprar un cuchillo. Ese cuchillo no es un cuchillo, siempre he tenido la firme creencia que es otra cosa, algo que parece un cuchillo pero que no lo es ni de lejos. Con el no se puede ni cortar la mantequilla, eso si, los dedos los corta perfectamente.

Visto en un bazar chino
Los establecimientos chinos comercializan mercancías que tienen “forma de” pero que no son para nada lo que parecen ser. Con todo esto, lo que quiero decir, es que los chinos son el escenario donde un profesor de filosofía debería llevar a sus alumnos a ilustrar la alegoría de la caverna de Platón. Si el señor Platón viviera en el siglo XXI nunca hubiera utilizado la historia de la caverna y las sombras proyectadas en la pared para explicar su teoría del conocimiento, utilizaría las estanterías de estos bazares. Los productos que venden los chinos son un simple reflejo o sombra de lo que deberían ser. Supongo que, a la hora de fabricar los objetos, lo que hace el fabricante chino, es reproducirlo a partir de una fotografía (sombra proyectada en la caverna de Platón). El chino, desconoce el material en el que está elaborado el objeto, la escala, e incluso, podría jurar que, haciendo caso a los rótulos e inscripciones de los envoltorios, desconocen su utilidad. El chino representa al prisionero platónico que se encontraba sentado y encadenado en la caverna, solo que, en lugar de estar en la caverna, estaba en un país comunista y cerrado a cualquier influencia occidental. Según parece, siguen sumidos en el mundo sensible y no tienen demasiadas ganas de ascender a ver el sol

sábado, 5 de noviembre de 2011

Tomará forma?

M. Mitchell
He abierto una caja de cartón que guardaba celosamente en el fondo del armario, bajo los jerseis de invierno. Allá donde sé que nadie va a buscar, donde se suelen guardar los joyones de la familia, los regalos sorpresa y las escrituras de la casa. Esa caja contiene seis sentimientos ordenados alfabéticamente. Son pequeños trocitos secados al sol que necesitan hidratarse para tomar forma y volver a la vida. Son duros, resistentes, e indestructibles, sus aristas son cortantes, como los pequeños vidrios que trae el mar y deposita en la playa. Los tenía guardados porque se que hacen daño e intentaba evitar que nadie se seccionara un dedo o algo peor. Soy su prisionera porque son un secreto, y como tales tengo que vigilarlos y custodiarlos. Me los tengo que llevar de vacaciones, acarrearlos en las mudanzas... y estoy harta. Ahora estoy preparada para comenzar a alimentarlos, sacarles brillo, ir haciendo que tomen forma. Eso me va a llevar algún tiempo y mucho esfuerzo, pero sé que lo conseguiré, por eso voy a tener el blog un poco abandonado, aunque se que ya lo tenía.
Cuando todo ese batiburrillo que me ronda por la cabeza tome forma, y consiga poner orden dentro del caos y recopile los cientos de hojas arrancadas y clasificadas de mis moleskines os lo haré saber. Quizá suene pretencioso, pero es así, voy a vomitar todo lo que llevo dentro en ".doc" y cuando escriba la palabra "FIN" ya veremos que pasa.

sábado, 29 de octubre de 2011

Physis

Mariposa Esfinge Colibrí, Pirineos 2011 (Mariví Carro)
Me enamoraste haciendo volar la concha de un reloj. Me asombró esa parábola perfecta dibujada por el bivalvo planeador. Me impresionaste haciendo rebotar las piedras planas sobre la superficie del mar. Me maravilló el dibujo helicoidal creado por las semillas del arce que dejabas caer al suelo. Jugabas con el pueril sentido de la sorpresa que todavía conservo.

Los retazos de infancia que perviven en las personas adultas, son un valioso tesoro, la convivencia pacífica con la naturaleza y la educación que ella nos proporciona desde niños nunca debemos reprimirla, lo importante es alimentarla y disfrutarla.

Este último año en el blog, he hablado mucho de mi niñez, de esa convivencia con la naturaleza que he tenido la suerte de disfrutar. Quizá me repito mucho, pero las diminutas y valiosas vidas que nos rodean y a las que no se les presta demasiada atención, son una representación a pequeña escala de, por lo menos, mi vida. Sus miserias y sus triunfos los hago míos.
Fui una niña solitaria, disfrutaba levantando piedras y descubriendo quién vivía allí debajo, hundiendo las manos en el fango y notando como las lombrices se escapaban entre mis dedos, arrancando carapa de pino para ver los minúsculos arácnidos esconderse, haciendo bolas con las cochinillas… He probado hojas de innumerables plantas y, a veces, Carlos me mira con cara de asco cuando me llevo a la boca algún tallo e insisto a cerca de su sabor dulce. Siempre me advirtieron en casa sobre el teixo, las digitalis, la cicuta y que lo rojo mata. Abrir bellotas y acumular rechonchos gusanos blancos era una distracción más. Me siento muy privilegiada y agradecida de la felicísima infancia que tuve, y ahora, ya hecha una mujer, se que lo bueno que puedo tener como persona se lo debo a aquella época y que mi personalidad sería muy diferente a como es si no hubiera crecido en mi casa con mi familia. Quizá se me hizo duro enfrentarme a la vida adulta, porque yo si puedo decir que viví en Shangrilá.
Tengo en mi memoria la imagen de mi padre, con un pollo de gorrión caído del nido en el puño, durante días, dándole calor y sacarlo adelante. También recuerdo sus reprimendas por llevar murciélagos somnolientos a casa, me obligaba a meterlos en una caja de zapatos y dejarlos tranquilos hasta que, a la noche, los podía soltar.
Mis padres… Por qué me gusta ir con ellos al monte? Por qué amo pasear en su compañía? Porque nada cambió. Porque siguen sorprendiéndose con la vida, y me la muestran, y yo, a mis 32 añazos, aprendo. Porque se maravillan con la obra de arte tejida por una araña como si fuera el rosetón románico de una catedral, porque siguen regalándome arándanos, escaramujos, grosellas, fresas, perucos y abruños como si aún tuviera seis años... porque algún día quiero saber tanto de mariposas como mi madre o encontrarme con un lobo de frente y contarlo… quiero hacer como ella y saber donde buscar, husmear entre la hierba como quien rebusca piojos en la cabeza de un niño y descubrir una diminuta y única orquídea luchando por salir a la luz… entonces te la muestra como quien halla un tesoro, se tira al suelo como una mocosa, enfoca el enorme objetivo de su cámara y dispara.
Dispara a las flores, a las mariposas, a las arañas, a los gusanos, a las aves… y para ella todos son hermosos, el quebrantahuesos es hermoso! el buitre es hermoso! Todos y cada uno de esos pequeños seres están dotados de su diminuta bichonalidad. Pero no solo ella les da valor, su álbum es aplaudido por entomólogos, biólogos y, por supuesto, fotógrafos. Pero yo sé, que a lo que mi madre da valor es a haber disfrutado cazando ese momento, se que se siente privilegiada al acercarse a unos metros de una musaraña sin ser vista e inmortalizarla bostezando, acosar como una paparazzi a las marmotas rollizas hasta que las enfada, y la verdad es que hace gracia verlas cambiar el gesto…

Yo si puedo decir que de mayor quiero ser como mis padres, porque de pequeña ya lo era.

sábado, 15 de octubre de 2011

De espejismos, ilusiones y engaños

Reproducción prohibida o Retrato de Edward James, René Magritte (1937)
Una intensa luz revolotea en la azotea. Traza serpenteantes dibujos que quedan cincelados en mi retina. Cierro los ojos y aún los veo unos instantes, pero es tan breve su permanencia que no puedo memorizarlos. Caminos incandescentes que nerviosos colisionan, como moscas contra un vidrio, una y otra vez contra la bóveda hasta resquebrajarla, intentando abrir un óculo damasceno.
Un círculo perfecto por el que pase una luz que lo ilumine todo, bañando los elementos que me rodean y, evitando así que me golpee una y otra vez contra ellos. Si solo se revelaran un instante! como hacen los relámpagos en la noche, que iluminan el paisaje un solo segundo, creando un alba de luz azul que dura un momento.
Que alguien me muestre donde está colocada la vara de avellano. Dónde está el trazador de líneas rectas? a tientas, palpando en la espesa y cargada opacidad de mi ático, es fácil tocar una ratonera, quebrar los dedos bajo el rápido látigo del muelle. Necesito una senda sin bifurcaciones ni confluencias, sin cruces ni encrucijadas. Abrir los ojos y ver la realidad.

viernes, 14 de octubre de 2011

Jortazo


Ralph Steadman, Animal Farm  

Como las harpìas ladronas de comida, pero no tan nocivo como el tóxico aliento de la desesperanza. La ausencia de sueños es más letal que la falta de alimento. La falta de un norte duele, la vida duele, la impotencia mata. Porque de ilusión también se vive, porque el alma se alimenta de la materia de los sueños, combustible y motor de vida. No estamos hechos para callar. No estamos diseñados para ser autómatas sumisos, aún cuando enfundados en el traje de obediente complacencia aparentemos ser corderos, y es entonces cuando los circuitos internos se recalientan y chamuscan.

He crecido salvaje, repasando las hendiduras de las cortezas de los árboles, he aprendido a observar en silencio, a no tomar partido por el gusano o la hormiga, por el cangrejo o el camarón. He visto cerdos cantar un gaudeamus y disfrutar de cada bocado, engullir, cebarse… pero siempre les llega un sanmartín de la mano de quién los alimentó.




viernes, 16 de septiembre de 2011

Una vez corrí tanto...


Después de la tormenta, Winslow Homer (1899)

Una vez corrí tanto, tan asustada, y tan rápido que el pecho se me abrió, se secó y dio paso al sabor metálico de la sangre en la boca. Corrí tanto! intentando no pensar en el dolor, una vez dejaron de arder mis piernas, dejé de sentirlas; una vez cesaron los golpes en la planta de los pies empecé a notar el clavar de los huesos en el suelo. Fui tan veloz que mis ojos se cegaron con las lágrimas. Corrí tanto que me ahogué y cientos de capilares rompieron en mis párpados y quedaron en ellos dibujadas sus trayectorias rojas.  
Dejé de correr y caí al suelo, con la voz enmudecida reí, tosí, escupí sangre y saliva... tirada sentí mi pecho abierto como el de una nécora, mis ojos sólo vieron estrellas... intenté beber y vomité, intenté levantarme y caí...

Alguna vez has corrido así?

sábado, 10 de septiembre de 2011

Dafnis y Cloe

Dafnis y Cloe, Cortot (1824)
Apenas puedo recordar el momento en que cambió todo, el momento en que dejamos de ser pequeñas y domésticas deidades y fuimos expulsados del edén, de nuestra minúscula parcela en Shangrilá que creíamos, nos pertenecía por derecho propio. Nada ni nadie podía hacer tambalearse ese Aleph sostenido en equilibrio perfecto, ese mundo disciplinado y eterno en el que no había lugar para el dolor ni el sufrimiento.

Dejamos de ser animales salvajes para adaptarnos a la civilización, abandonamos las ramas de los árboles, encontramos la vergüenza, el pudor, y el croar de las ranas se hizo inaudible.

Qué nos llevó a caer tan profundamente en el olvido? qué nos llevó a volar tan alto en el orgullo? qué nos llevó a escondernos tan miméticamente en la indiferencia? Magníficos ejemplares, felinos que dejaron de serlo. Elásticos seres hermosos que no volverán, pequeños, finos, atezados… Obsesionados por la existencia, intrigados por sus cambios, enamorados del humus que cubre la vida, cuidando la pátina de la experiencia, guardándola como oro en paño, sacándole brillo con el vaho y la manga.

Y me miro al espejo y descubro lo poco que he cambiado. De mi vergel solo he sacado un pie y ha cogido frío.

martes, 9 de agosto de 2011

El barrio chino

La intriga. Ensor (1890)
Casi puedo verlo si cierro los ojos, lo oigo, lo huelo. Me dejo llevar a los años de la posguerra, mi mente vuela a los tiempos en que el hambre y la necesidad eran fruto de la cruel dictadura. Solo tengo que pasear por Ferrol Vello, levantar la vista hacia esas fachadas que se desmoronan piedra a piedra, teja a teja, cristal a cristal… mi alma se transporta a aquella época sin esfuerzo, porque desgraciadamente, la arquitectura de esas calles sinuosas, poco o nada ha cambiado.

El agua se encharcaba en los resquicios del adoquinado mal pavimentado. Los pequeños hoyos y los baches, reflejaban las luces del puerto como trocitos de un vidrio roto en mil pedazos. Las prostitutas se paseaban por el muelle, abrigadas del gélido viento con escasa ropa, y caminando sobre altos tacones, tarea harto complicada sobre un suelo tan irregular. Los marineros andaluces, vestidos de blanco, cantaban en la calle con los corazones encharcados de fiesta y alcohol. Para muchos, era su viaje iniciático, el que los convertiría en hombres. Para otros, sería la primera y quizá la última vez que saldrían de sus pueblos.
Puedo ver a una oronda madame sin dientes, carcajeándose como una gallina, ofreciendo sus muchachas a los hombres del mar. Puedo ver una pelea tras la esquina, un hombre embotado por el vino pega a otro mientras un corrillo los jalea. La calle está iluminada con farolillos de colores que arrojan a los rostros su luz espectral. Veo a un muchacho vestido de mujer, su mal maquillaje le dibuja una mueca triste de payaso. Un perro duerme en una esquina de un portal, esperando que alguien abra la puerta. Gritos, risas, música de un acordeón, ruido de cristales rotos, juramentos en mil idiomas…
Primero fue el muelle, luego el cuartel de instrucción, y más tarde, como compañero natural, surgió el barrio chino, oculto en las callejuelas serpenteantes de la ciudad vieja. Las luces rojas marcaban la calle principal, que arrancaba insolentemente del muelle. Mas tarde con el decoro hipócrita de la dictadura, se colocó un enorme edificio telón intentando ocultar el popular barrio, dando la bienvenida con una hermosa cara a los que llegaban a la ciudad por mar. A partir de ahí, el acceso a la calle se hacía atravesando una especie de arco triunfal colocado en los bajos de dicha edificación, una puerta que hacía que los habituales del barrio lejos de amedrentarse por ese marco arquitectónico, se sintieran como Jesucristo entrando en Jerusalén, como Tito llegando a Roma con el Arca de la Alianza y las menorah de oro.
Hoy en día, como un intento de dignificar, lo que en otro tiempo significó el pecado, lo sucio y lo miserable, la iglesia decidió convertir esta calle en el inicio del Camino de Santiago, en el inicio de un peregrinar hacia lo sagrado. Piensan que han puesto a habitar en esta calle un pedazo de Patrimonio de la Humanidad, de lo que no se dan cuenta, es que lo que antes aquí habitaba, también lo era.

Piel muerta

A tiras vamos arrancando la pátina que el tiempo va dejando sobre nosotros.


Niño espulgándose, Murillo (1650?)
Las postillas arrancadas dejan una pequeña herida en la piel, pero descuajándolas, por fin acabamos con la comezón que nos mortifica. Hartos de rascarnos en círculos en torno a esa costra, con cuidado para no arrancarla, esperando ansiosamente el momento en que esté en su punto para eliminarla. Sabemos que el picor es una molestia que merece la pena sufrir, porque si somos ansiosos y la arrancamos antes de tiempo, el dolor vuelve a nosotros y la herida tendrá que apostillarse y endurecerse de nuevo. Pero si esperamos estoica y pacientemente, el sacrificio será recompensado, la costra caerá sola y poco a poco saldrá a la luz la tersa, lisa y suave piel nueva.

Séneca decía algo así como “el tiempo cura lo que la razón no puede” y estoy convencida que, ante una herida abierta en el alma, lo único que hay que hacer es esperar que el tiempo nos distancie del golpe, lo haga borroso y lo difumine en la lejanía, hasta dejarlo como una leve sombra. A veces hay daños colaterales, impuestos que tenemos que pagar, y el tiempo se lleva con él detalles que no quisiéramos olvidar, como un tono de voz, una cara, un aroma…