Todas las tardes bajaba corriendo por aquel camino empinado, llegaba un momento en que mis piernas se volvían locas y me llevaban cuesta abajo. Aunque estaba el mar un poco lejos se podía oler el salitre los días secos. Se filtraba en nuestros pulmones y nos gustaba.
- Huele a marea- decía alguno de nosotros mientras inspiraba el humo de uno de esos cigarros furtivos.
- Me parece curioso oler el mar, aún viviendo siempre a su lado. Dicen que el olfato es el único sentido que se acostumbra a los estímulos.
Los últimos rayos de sol de la tarde se colaban por las rendijas de las contraventanas de madera. Las partículas de polvo que revoloteaban y el humo suspendidos en el aire dibujaban una línea de luz que se proyectaba en el suelo de roble gastado por los años. De vez en cuando un suspiro de aire se colaba entre las viejas ventanas y el antepecho de granito y esa linea se difuminaba. Se oía pasar un coche, un claxon, un contenedor que se cerraba de golpe, un cuervo graznaba timidamente y callaba.
Apuro el último cigarro y hasta mañana.
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viernes, 21 de enero de 2011
martes, 18 de enero de 2011
Historias de lareira
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| Lareira |
jueves, 6 de enero de 2011
Niña
| Cerca del canal |
Me ponía un bañador, el uniforme diario desde la mañana hasta la noche. Poco gastaban en ropa de verano mis padres. Ni siquiera me calzaba, recuerdo las guerras diarias con mi madre para que, aunque fuera, me pusiera unas chanclas. Solo las puse una temporada, después de pisar una caja de pescado que había en la playa y clavarme una punta en la planta del pie. Tenía los pies “encoirados”, duros de andar descalza sobre la hierba, las rocas plagadas de arneirón, de subir a los árboles…
A esas alturas del verano estaba negra como un tizón, con las mejillas rojas y despellejadas, el pelo amarillo quemado por el sol y con mis enormes ojos azules saltones. Todos se reían de mis ojos, cuando alguien me conocía hacía siempre algún comentario sobre ellos, por lo que fue el primer gran complejo que tuve. “Que ojos, mi madre!”, yo me imaginaba a mi misma con unas grandes luces de semáforo en la cara, o con las ruedas de la bici de carreras que tenía mi padre. Ahora creo que es lo único bonito que tengo.
Era ahora cuando comenzaba la aventura, cogía un cubo, un ganapán, y echaba a correr hacia el lago vacío, desflechada, como alma que lleva el diablo. Mi destino, las rocas, al otro lado del canal.
Al llegar a la arena lo primero que me encontraba era un pequeño arroyo formado por las corrientes, había que cruzarlo, pero yo prefería emular a los atletas y coger carrerilla, saltar, y aterrizar de rodillas. Pero esos aterrizajes míos no eran nada espectaculares, ya que en esa zona del lago la arena se había convertido en fango. Y así, enterrada hasta la cintura, cubierta de fango negro hasta las orejas comenzaba a caminar a duras penas. Es muy difícil caminar en el fango, sobretodo porque a veces, el pie hace vacío y se queda atrapado. Y tú tiras y tiras de la pierna que no se mueve ni un poco. El truco está en quitarla poco a poco, sin grandes tirones, moviendo el pie suavemente, así el fango que se endurece y hace vacío comienza a llenarse de agua que facilita que puedas salir. Cuando me pasaba esto, solía jugar a que era Ártax, el caballo de Atreyu, que me dejaba morir en las arenas movedizas del Pantano de la Tristeza. Y decía en voz baja y lamentosa “Atreyuuuuuuu, sigue tuuuuu, yo me muerooooooo”. Hasta que notaba moverse alguna anguila debajo de mis pies o de mi barriga, algo que me daba un poco de repelús, entonces seguía avanzando hacia las rocas que escondían “El Tesoro”.
| En al lago, con la marea llena |
El suelo se iba endureciendo, poco a poco, y aparecían las pozas. El lago, cuando comenzaba a bajar la marea, se vaciaba por un solo sitio, el canal. Esa gran cantidad de agua formaba corrientes que, muchas veces, hacían remolinos, esos remolinos con la bajamar nos dejaban una agradable sorpresa, las pozas. Unas pozas de más de dos metros de profundidad que guardaban agua caliente. Podías estar metido en una de ellas el tiempo que hiciera falta porque nunca te cogía el frío. Ahí solía aprovechar para lavarme el fango negro, que al contacto con la arena blanda me dejaban un color plateado en la piel. Brillaba como un pez, y como es de suponer, me encantaba. Una vez limpia, llegaba a los pies del canal. Si el lago estaba ya vacío de todo era fácil cruzarlo porque no llevaba corriente, si aún estaba vaciándose costaba un poco cruzarlo. Pero yo tenía mi truco, dejarme ir y avanzar el diagonal. Nada de brazadas. Nadar como si tal cosa que al otro lado iba a llegar, no sabía a que altura, ni cuando, pero en algún momento llegaría. Allá voy.
Una vez al otro lado, el lecho del canal era de rocas y pequeñas zonas de arena. De vez en cuando, en la arena, veía esos agujeros con forma de ocho que me fascinaban. Eran las puertas de las casas de los longueirones, yo no sabía cogerlos, pero había visto como se hacía. Con la marea baja, se les echaba un poco de agua en el agujero, igual que a los grillos, y también un poco de sal gorda. Poco a poco, el animalito pensaba que había subido la marea y asomaba esa pequeña nariz que tanto se asemeja a la del cerdo, entonces, zas! Lo coges. A veces se escapaba, tengo visto gente escarbando con el brazo hasta el sobaco, haciendo agujeros estrechos y profundos hasta coger al longueiron. Pero eso se escapaba a mis habilidades como cazadora, yo iba a por esos pequeños bichejos que se quedan atrapados en las pozas cuando baja la marea, los camarones.
Adoraba saltar entre las rocas, quedarme hipnotizada mirando la vida que guardaban las pozas, las anémonas, los pequeños lorchos, los patexos negros y cuadrados, las nécoras, las lapas, las minchas, los cangrejos verdes (me encantaba ponerlos frente a frente para que bailaran la muiñeira!!), y los camarones.
Hay que decir que “cazar”, cazaba, pero el problema estaba en el camino de vuelta porque perdía mi presa cuando cruzaba el canal. Las corrientes, el agua, nadar sin soltar el ganapán y el cubo… una odisea, vamos… Además la mayoría de las veces le cogía cariño a algún cangrejo de esos verdes que tienen manchas negras en la concha y los metía en el cubo con los camarones, ejem…
miércoles, 29 de diciembre de 2010
El bar en el que estaban todos muertos o como nos fuimos by the patilla
Hace unos años nos fuimos a pasar la Semana Santa a Bilbao y la verdad es que nos lo pasamos teta. Caeré en los convencionalismos típicos de que la gente es maravillosa, la comida es espectacular y los paisajes son de cuento, pero en este caso, así me caiga una caca de gaviota en el cogote cuando ponga los pies en la calle mañana a primerísima hora que es verdad de la buena.
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| Jack Torrance con su camarero fantasma |
Uno de los días, el sábado, decidimos ir en coche de Bilbao a Donosti dando toda la vuelta por la costa, parando a comer, a conocer algún que otro pueblo, lo típico. Esa mañana nos levantamos muy temprano, tanto que no teníamos ni ganas de desayunar, así que, decidimos parar por el camino en cualquier bar al lado de la carretera. Parecía increíble, pero no encontramos ni un solo bar abierto, los pocos que había estaban cerrados a cal y canto. Entonces, de camino, a mano izquierda, descolgado frente a un acantilado de esos tan bonitos que hay por la costa cantábrica adelante, lo vimos.
Era un edificio de planta baja, color rosa, formado por dos locales. Uno de ellos estaba abandonado, con las ventanas y puertas tapiadas con chapa. Los toldos eran de esos rígidos que no se recogen nunca, ya solo les quedaba el armazón, la lona estaba hecha jirones que ondulaban como banderillas. El local de al lado si estaba abierto, tenía el cartel de marisquería con el rótulo de cocacola, y la verdad, si no fuera porque me moría con el hambre no hubiera entrado allí jamás. Cuando abrí la puerta y puse un pie dentro del local ya me estaba arrepintiendo, la suela de mi bota se quedó pegada al puto suelo.
El interior del local no era mejor que el exterior, la fachada que daba al acantilado tenía unos vidrios enormes que ocupaban toda la pared. Fue entonces cuando reparé que era un edificio de madera, de estrechos listones pintados con pintura plástica. Estaba lleno de pequeñas mesas para cuatro, con hules de cuadros rojos y blancos y unos pequeños jarrones con flores de plástico en el centro. A mi me recordaron a los jarrones de las tumbas que nadie va a visitar.
En una de las mesas del fondo, al lado de la ventana, había una señora con el pelo blanco, y muy maquillada, entradita en carnes y en años. Tenía ante si una copa llena de agua y ni nos miró al entrar. Estaba mirando el mar tiesa como un palo y sin parpadear.
Había un olor a fritanga asqueroso y el suelo estaba como si llevaran una semana sin barrer.
En la barra había un camarero que era una mezcla entre Cantinflas y Cañita Brava, vestido con uno de esos uniformes anacrónicos con pajarita y camisa cruzada blanca. La verdad es que nos atendió con mala cara, como si molestáramos y no nos dirigió la palabra. Le pedimos dos cafés con leche. Carlos fue al baño y yo me quedé sentada en la barra, se me revolvió el estómago cuando vi que entre el expositor de comida vacío y el borde de la barra con una moldura de tope había una cantidad de grasa y porquería que ni con las mezclas de zorca, lejía y amoniaco de mi madre saldría (rasqueta incluida). El camarero puso los cafés en un equilibrio inestable encima del expositor de vidrio… cuando veo que la taza y el plato de los cafés son de color castaño oscuro por poco me da un chungo. El caso es que, yo, mi café, ni lo toqué… y menos después de ver la cucharilla llena de mierda.
A todo esto, el bar estaba en completo silencio hasta que un camionero que había aparcado minutos antes, entró en el bar y empezó a hacer sonar la tragaperras. Parezco una exagerada pero de verdad que el sitio metía pánico, yo también me estaba meando pero no me atreví a ir al baño. Solo quería irme de allí. La vieja disecada, la mierda por todas partes, el olor a fritanga, el camarero diabólico…
Cuando salimos del bar nos subimos en el coche y salimos pitando. Estuvimos en silencio un buen rato hasta que comentamos la jugada y los dos llegamos a la conclusión única y verdadera de que estaban todos muertos, eran fantasmas de otro tiempo y seguramente el bar-marisquería llevaría cerrado mucho tiempo.
A veces lo recordamos y siempre decimos que tenemos que volver, a ver como sigue, si está cerrado o si la señora sigue con su copa enorme llena de agua.
Miss Angustias y el autómata con música
Los que me conocen bien saben que siempre he sido una hipersensible, un bicho pasional que vive en una montaña rusa de sentimientos y estados de ánimo. Cuando estoy feliz me como el mundo y siento como si el pecho me fuera a estallar. Soy la reina de las canciones estúpidas y los bailes horteras, hago toneladas de galletas y bizcochos, no dejo de reir aunque lo que me provoque risa no tenga puta gracia, todo es de color de rosa, mis ojos brillan como estrellas y tolmundo er güeno. Pero también es cierto que esos días los termino con un enorme e insoportable dolor de cabeza y pensando lo poco que me soporto a mi misma. Luego está el extremo opuesto en todas sus variantes que van desde el bajoncillo con el que me quedo sentada en el sofá todo el día sin abrir la boca, hasta mi identidad oculta, aunque sobradamente conocida que es supertachycardiawoman o miss angustias.
Cuando era estudiante en Santiago, casi siempre tuve horario de tarde en la facultad lo que me llevó a una vida bastante desordenada en lo referente a horarios, comidas, etc... y yo, que siempre he sido un animal de costumbres mas bien tirando a lo cuadriculado, este caos me provocaba unos cuantos bajones, que unidos a la malaostialidad que se apoderaba de mi ser cuando una compañera de piso intentaba envenenar a otra (cierto y verídico, aunque eso ya es otro cantar), me hacían bajar a horas intempestivas a caminar. Porque yo siempre he sido de caminar, de liberar la mente y ordenar las ideas quemando zapatilla, y la verdad, Santiago, otra cosa no, pero a callejear siempre invita. Además es una ciudad muy segura, podría compartir con NY el título de “Ciudad que nunca duerme” porque siempre hay gente en la calle.
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| Autómata escritor |
Cuando de fijé en el por primera vez me llevé un susto de esos que te hacen sudar tres litros y vibrar los tímpanos, uno de esos sustos que recuerdan a la sensación inmediata a que la esteticien te pegue el tirón de cera en la parte de la pierna próxima al tobillo. No fui capaz de mirar al bicho por segunda vez inmediatamente. Me tomé mi tiempo, miré la farola de la calle, respiré hondo y volví a mirar con terror aquel invento del diablo. Y de verdad que el pavor pasó a la fascinación. A partir de aquella noche y cada vez que pasabamos por delante de esa tienda, me empeñaba en ver el autómata con música, y así casi todo el año. Carlos estaba frito! Los que me conocíais ya en aquella época os acordareis de la lideira con el autómata... aaaains! Como me hubiera gustado comprarlo...
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